sábado, junio 07, 2008

11-M, 6-J

Estación Bulnes. El subte, con vagones modernos y muy europeos, llega. Me subo. Viernes 6 de junio de 2008, 14:13hs. El vagón, intermedio, llevaba a la mayor parte del pasaje sentado. Los pocos que viajaban parados aguardaban que alguna señora se levante para bajar y deje libre el asiento. Una señora se levantó para bajar y dejó libre el asiento. Me senté. A la derecha había un lugar libre que prontamente sería ocupado por un hombre de 35 años. Alto, tez morena, un sobretodo que debajo seguramente ocultaba un saco. Se dejaba ver el cuello de una camisa sin corbata. Sus rasgos eran inigualablemente mediorientales (por no decir del todo). Enfrente, entre la ventanilla y la puerta, un cartel con un mapa. Simulaba el recorrido del subterráneo porteño pero llevaba a ciudades europeas. Invitaba a viajar por el mundo. Levanto la cabeza. También enfrente, pero más arriba, busco el cartel indicador con el recorrido para saber donde bajar. Sorprendentemente, donde debía decir "Catedral" figuraba una inexplicable estación ''Santiago Bernabeu''. El de rasgos mediorientales comenzó a rezar. Era una oración en árabe. En voz baja, susurraba. Sólo la escuchábamos él y yo. Volví a leer. No lo podía creer. Pestañee, observé nuevamente al hombre, volví a pestañear. Volví a leer: en lugar de "Bulnes", decía "ATOCHA". Por un momento todo se paralizó, salvo el rezo. Cada vez lo decía más rápido, con más ímpetu. En el cartel seguía diciendo lo mismo. La gente todavía parada se movía en cámara lenta. Seguía diciendo lo mismo. Comencé a mirar intermitentemente hacia todos lados al mismo tiempo. Seguía diciendo lo mismo. El pibe que llevaba gorrito de Boca, se transformó en socio del Barcelona, el anciano dejó de leer Clarín, ahora era El País. Un joven le ofrecía a una agradable señorita cojerle la cartera que se le había caído. El Diario Olé se transformó en Marca. Por un momento Buenos Aires se transformo en Madrid. Por un momento, viajé en el tiempo. Era el 11-M de 2004 a las 7:35 de la mañana. Un minuto antes del atentado. El hombre dejó de rezar, se bajó. Justo debajo del borde superior de la puerta, todavía abierta, llegué a leer algo así como ''TRIBUN...''. Parecía volver el aire porteño. Volvía la calma, la tranquilidad. Pero no!!! en España no habían sido suicidas, fueron mochilas detonadas remotamente por celulares!!! El medioriental tenia celular!! y ya se había bajado. La calma desapareció, giré hacia la derecha. Miré sin calma y con mucha prisa. No había mochila, no había bomba. El avance del subte me permitió completar la Estación: ''...ALES''. Volví a Buenos Aires, 6-J. Todavía no se que anunciante pautó tan explosiva ambientación de vagón.

domingo, mayo 25, 2008

Son de Fierro

Está el groso, el flaco fibroso. El fibroso groso. El de pectorales de vedette y cintura de modelo. Nunca llegan, siempre están. Conversan, se miran, se tocan. Los espejos que los envuelven a la vez los replica. En sus reflejos se buscan para mirarse, tocarse. Cuatro series de veinte, cinco de diez. Sus abdominales, bíceps y tríceps crecen matemáticamente. Intentos de Van Damme. El sonido a metal golpeando contra metal es intermitente pero constante. “¡Boludo, estás groso hoy!” Algunos gritan exhaustos. Otros, de tan exhaustos, ya no gritan. Ensimismados en sus cada vez más amplios cuerpos, siguen pendientes de los espejos. “¿Estaré perdiendo masa muscular?” Entre ejercicio y ejercicio, se muestran. “¿Pero si como lo mismo de siempre?” El morocho le pide ayuda al rubio para levantar la pesa. Terminators de Esquina. Sus cuerpos se enrojecen. Sus venas parecen explotar. Se tensan. De pronto, ya al límite, relajan. El rubio le pide ayuda al morocho para que le sume peso a la máquina de piernas. Estiran y flexionan. “¿Che, Nico no viene más?” - “No, se fue al casting de Gran Hermano Rumania”. Mediante el zapping, reemplazan la película de Robin Williams por tres platinados levantando piedras que no caben en el ancho de la TV. Mientras hablan, se comparan. “¡Perdí 800 gramos esta semana!” – “¡Uh, que mal!”. Rotan por la cinta, las bicis, los bancos, las colchonetas, las mancuernas. Rotan entre ejercicios de espalda, brazos, piernas, hombros, pecho, mandíbula, pestañas, dedos, rodillas, orejas. Rotan. Rambos de tobogán.

No toca Boton

Viajaba sentado en el asiento individual que, por lo general, suele darle la espalda a la expendedora de boletos y el frente a una mujer de no más de 25 años y escasa pollera. Sabía que tenía que bajarse en la primer parada después de cruzar la 9 de Julio. El cartel decía: ''Viamonte y 9 de...'', la cruzó. Se paró y acomodó en la puerta del medio. El semáforo se fijó en rojo. Mientras aguardaba, advirtió que otro pasajero también bajaría pero por la puerta trasera. Colocó cuatro de sus dedos de la mano derecha rodeando al timbre y tomando fuertemente el caño que lo sostiene. Su dedo pulgar se mantenía, respecto al boton, como si fueran dos imanes rechazándose. Cerca, pero sin contacto. Observó nuevamente al pasajero del fondo quien todavía no buscaba el timbre para anunciar su descenso. El semáforo pasó a verde. Todo su cuerpo se sacudió menos su puño y mirada calculadoramente clavada en las manos de su desprevenido rival. Faltaba sólo una cuadra. Esos famosos 100 metros antes donde se le avisa al chofer que se quiere bajar 100 metros después. La adrenalina subía. Sin saberlo, el pasajero del fondo participaba de un gran duelo. Un verdadero mano a mano. Como en una pulseada, el del medio aguardó que el del fondo prepare su brazo. El pulgar permanecía asintótico respecto al boton. 95 metros. Como el de atras no atinaba a tocar, él esperaba. Aguardaba el momento preciso. El del fondo se agachó minimamente buscando con su vista la altura de Viamonte. Su gesto mostró premura. 60 metros. Sus cuatro dedos se tensaron como aquellas piernas del corredor de 100 metros antes de la largada. En el otro andarivel, el del medio, tensó los suyos. El momento llegaba. El del fondo comenzó a acercar su dedo pulgar al timbre. La distancia se acortaba. 6mm, 5mm,...El del medio se mantenía en esos inmantados y mínimos 2mm. 50 metros. El chofer casi convencido a no parar salvo que se cruce alguna mano imprevista desde la vereda. Desde atrás la distancia seguía reduciéndose. 4mm y contando. 48 metros. Decidido, aumentó la velocidad de acercamiento. 3mm, 2mm...Estaba a punto de tocarlo cuando el del medio, sudando, puso quinta y presionó, como nunca, el boton. El sonido del timbre se mantuvo largo, triunfador. El del fondo, jugador involuntario, en ese instante tomó conciencia de la competencia en la que estaba inmerso sin saberlo. Oir la irrupción de ese sonido, que suponía propio, segundos antes de solicitarlo lo frustró. Su dedo quedó inerte y desilusionado a un insignificante milímetro de la victoria inconsciente. El del medio, extasiado, se quedó aguardando a su nuevo rival para los siguientes 200 metros. Él, en cambio, bajó, caminó diez pasos y dobló en la esquina. Sacó su celular del estuche y comenzó a escribir freneticamente un sms. Comenzaba a entrenar su dedo para llegar preparado al próximo encuentro.

sábado, febrero 16, 2008

Eficiencia Policial

Barrio de Once. 23hs. La Plaza Miserere a dos cuadras y el colectivo que no venía. La espera se hacía larga y oscura. En la esquina se iba aglutinando bastante gente. La mayoría con bolsos o mochilas. Todos parecían terminar su día. Llegaban y se escondían aprovechando la vuelta de la ochava. Sólo quedaba uno, handy en mano, que aguardaba sin temor a la exposición. A dos semáforos de distancia se podía divisar una camioneta blanca que se aproximaba. El hombre del handy comenzó a gestualizar, apresurado, pedía a los de bolsos y mochilas que se acerquen. Lo hacían ordenadamente, en fila. La camioneta, mientras llegaba, bajaba su velocidad. Al llegar a la esquina se detuvo. A lo lejos se oía fuertemente una sirena. El patrullero se acercaba violenta y rápidamente. La camioneta, que se sabía ilegal, todavía no arrancaba. El organizador, ante el grito del chofer de la combi, apuraba aun más a los que todavía no subían. Cuando se disponía a cerrar la puerta con la pierna del último pasajero todavía afuera, el patrullero llegó. Ante la impavidez de todos, frenó de golpe frente a la camioneta. La cruzó para que no se escape. Algunos vecinos, temerosos, se alejaban. En cambio, otros, más curiosos, se acercaban. Bajó uno de los policías. Los otros dos se mantenían, expectantes, en los asientos delanteros. Miraban fijamente al chofer de la camioneta que no sabía como reaccionar. El oficial corrió hasta la puerta todavía abierta. El del handy se alejó para no impedirle el inminente paso. Intimidante, el policía ascendió a la camioneta. Con gesto duro y recto, encaró al chofer. “Te agarré”, le dijo, agitado, mientras llevaba su mano derecha al costado de su cintura. El conductor balbuceaba, no le salían las palabras. “Uno hasta Laferrere, pensé que no llegaba”.

sábado, diciembre 15, 2007

Encontrados en la Noche

El todo suele ser más que la suma de sus partes. Pero no en este caso. Ellos iban llegando, caían de la nada. La primer impresión era fuerte, intensa. Garantizaba que la individualidad de cada uno iba a prevalecer sobre el conjunto que formaban. Se potenciaban, sus matices se entremezclaban. Pero no llegaban a fundirse el uno con el otro. Sus particularidades prevalecían, se imponían en la noche.
Primero llegó él. Una mezcla perfecta entre un nerd de 25 y un nene de 10. Su mirada, ida. Como que estaba...pero no. Su voz, pegajosa, hacía recordar aquellos chistes de gangosos. Esos que no necesitan remate. Causan gracia por si solos, por su desarrollo, por su presencia. Tras él cayó, literalmente, una especie de Mariano Closs luego de haber relatado un cero a cero entre Bolivia y Chipre por Canal 7. Su mirada, altiva. Su voz, con cierta carraspera, era muy bien acompañada por un intento de tono chillón que no se animaba a ser. Si bien tenía un aire, fresco, muy fresco, al relator, su tarea era la de un eximio comentarista. Cortitos y al pie que quedaban flotando...hasta ahogarse. Pasados algunos perplejos momentos de pegajosa y chillona charla, hizo su aparición. Temeroso, posaba las manos en su cara mientras con la boca se comía las uñas. Todo le parecía distante. Se mantenía fuera de la conversación, del tiempo, del espacio. Su gesto de permanente extrañamiento era inmutable. Lo acompañaba con cierta mirada de intelectual francés, pero con miedo. Mientras él intentaba estar pero no podía, llegó el último y estelar protagonista. Su pulcritud y delicada presencia dominaron la escena. Inquieto, hiperactivo, no dejaba de acomodarse. Cabellera rapada, papada presente y dieta ausente. Mientras sus manos pedían suave y levemente a la moza que se acerque, sus ojos, punzantes, miraban a su alrededor. Buscaban a todo aquel que estuviese atento a él. Un trago rosa con dos pajitas, que hacía juego con su camisa, llegó al instante. Pegajosa y chillona, la noche se volvía temerosa y delicada. Si bien les faltaba un jugador, sugestivamente, el equipo ya estaba completo.